Cuba: Hoy voluntarios contra la COVID-19, mañana diplomáticos

La juventud cubana ha tenido un rol muy importante en el enfrentamiento de la pandemia de Covid-19 en el país, tanto en las tareas de pesquisaje casa por casa, como en aquellas de aseguramiento.

CAPAC- Tomado de Cubadebate/ Foto de portada:  Jorge Alfonso Pita/ Alma Mater.

Hace unas semanas, una persona ingresada en una de las salas para sospechosos del hospital Salvador Allende le pidió a Laura, una de las voluntarias que limpiaban la sala, que le prestara el teléfono para llamar a un familiar. A ella el instinto le hizo prestarlo sin dudar e ir a desinfectarlo después. Ese paciente daría positivo al nuevo coronavirus a la mañana siguiente.

Durante casi cuatro meses miles de personas como Laura Martínez Chacón se han presentado voluntarias para ayudar a combatir la COVID-19 en Cuba, asumiendo riesgos y renunciado a quedarse en casa. Entre estas hay más de 80 estudiantes del Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI) y jóvenes funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX), y ya son varios grupos los que han trabajado en centros de aislamiento y en la Covadonga. “Hay que estar donde hay que estar y hacer lo que hay que hacer”, dice Mirthia Brossard después de haber ganado la pelea.

Del 11 al 25 de mayo un grupo del MINREX trabajó en la zona roja del hospital Salvador Allende junto a jóvenes de la Universidad Tecnológica José Antonio Echeverría (CUJAE), trabajadores del Ministerio del Turismo (MINTUR) y profesores generales integrales.

Por iniciativa propia y en alusión a noviembre de 1971, cuando Fidel Castro visitó el Chile de Salvador Allende, nombraron a la brigada “11/71”. Durante su estancia en el hospital se reportaron 15 casos positivos al Sars-Cov-2, mientras limpiaban, trasladaban medicamentos y hacían guardias nocturnas.

Si todos tenemos el chance de ayudar y aportar para poder enfrentar la pandemia, tenemos que hacerlo en la trinchera donde nos toque. Fue la Sierra que nos tocó en este momento, el Moncada que nos tocó. Sencillamente había que estar”, dice Brossard.

El golpe fue fuerte desde el principio. El primer grupo que entró en el hospital incluso antes de ponerse los pijamas se encontró con un paciente positivo siendo trasladado. “Aquí evidentemente no estamos jugando, ni hablando de suposiciones y de que a lo mejor tienes o no tienes positivos en la sala. Aquí hay una alta probabilidad de tener contacto con enfermos”, se dijeron unos a otros.

Algunos padres dudaron, otros quisieron ir con sus hijos, hay padres que nunca se enteraron y otros lo descubrieron por redes sociales. Decirle a tus padres que renuncias a su protección y que te lanzas de cabeza a la piscina casi sin agua, solo es comprensible cuando estás convencido de que salvar, salva.

Sin experiencia previa en la rama de la Medicina, estos jóvenes se enfrentaron a todo tipo de situaciones. Hubo quien limpió, quien repartió comidas y hasta quien informó a pacientes que un familiar había fallecido. También se dio el caso de una enfermera que repartía los medicamentos quien se contagió pocos días antes de culminar el periodo de 14 días de trabajo. Ello implicó hacer un PCR de urgencia a todo el grupo y esperar ansiosos. “Pero no podíamos rendirnos. Los cubanos nunca se rinden”, te dicen hoy, sabiendo que volverían a entrar. De hecho, algunos ya han repetido.

Todos coinciden en la complicidad y la familia que crearon. El estar unidos les permitió cada día vencer a la COVID-19. También el humor y la sonrisa fueron indispensables entre las literas y cuartos que los acogieron casi por un mes.

“El grito de pantry”, por ejemplo, fue el nombre con que bautizaron a una de las ocurrencias de los muchachos encargados de repartir las comidas. Entre “gritos”, bromas e imitando un pregón pasaban animando a personas solas, acompañadas, de tres o 70 años. El humor les servía de bálsamo contra la incertidumbre.

Pero de noche, cuando terminaban las labores, volvían a ser solo jóvenes que demostraron que se puede jugar al Pictionary en la sala de tu casa con los amigos de toda la vida, y también a las 12 de la noche, con mascarilla, cansado, después de limpiar cada rincón posible y sentir el olor a cloro hasta en sueños. Que se puede hablar a través de las paredes para minimizar el contacto, bailar y cantar incluso cuando estás exhausto, que se puede ser feliz y tener miedo.

Desde todos los rincones

Desde todos los rincones y a veces hasta sin moverse de su mismo barrio, los jóvenes que estudian para ser diplomáticos también se sumaron a llevar comidas y medicinas a consejos en cuarentena o a personas mayores. Llegar a las colas para comprar de una vez decenas de panes o recoger varios tarjetones de farmacia fue la mañana de muchos de ellos.

Los sábados agrícolas también han formado parte de las últimas jornadas, así como confeccionar caretas de protección para el personal médico y los voluntarios. También donaron sangre, etiquetaron paquetes de alimentos, envasaron hipoclorito, hicieron pesquisas virtuales, organizaron colas, acondicionaron el centro de aislamiento de la Universidad de las Ciencias Informáticas (UCI) y trabajaron en él. Los jóvenes del ISRI se han establecido por municipios y no han tenido descanso en más de tres meses.

“Al principio sentí cierto temor al estar en zona roja, pero aprendimos rápido. Lo primero que me impresionó fue tener contacto con un lugar y un paciente con sospecha del virus, pero en mi mente me dije esto es algo que hay que hacer y pa´ lante”, dice Daniel Fernández, estudiante de cuarto año y voluntario en el centro de aislamiento de la UCI.

Hasta mitad de junio más de la mitad de los estudiantes del instituto se habían vinculado a tareas de enfrentamiento a la COVID-19 y una buena parte específicamente a labores productivas. Muchos sorprenden por haber participado en varias de las misiones. Detenerse nunca ha sido una opción, incluso para aquellos cuyas tesis los esperan en casa.

Han sido tiempos distintos y la estudiante de tercer año Amalia Rodríguez lo sabe. Acostumbrada a desfilar con sus padres cada Primero de Mayo, este lo pasó en un centro de aislamiento con posibles casos de una enfermedad altamente contagiosa.

“Pero se siente igual de correcto. Estamos trabajando para acabar con la pandemia, para que no tengamos que atender más pacientes, para que no tengan que terminar aquí, para que los médicos no colapsen, para que puedan volver a ver a su familia, para poder abrazar a mi mamá. Estar aquí es lo que toca. Yo no podría estar tranquila viendo que podía aportar y estar en mi casa”.

Según el Ministerio de Educación Superior más de 7.000 universitarios y 52.000 alumnos de Ciencias Médicas ayudaron en la lucha contra el nuevo coronavirus. 

“Lo más bonito fue tener una experiencia que por mi profesión nunca tendría, estar del lado de los médicos y enfermeros, ver lo que se siente cuando se salva una vida”, dice una de las jóvenes diplomáticas.

Hoy les quedan ampollas en los pies, manos desgastadas por el cloro, alergias, grupos de WhatsApp, fotos y videos. Mañana, cuando estén representando a Cuba en una misión, podrán contar ellos mismos de cómo una pequeña isla le dio una lección de solidaridad al mundo, dentro y fuera de sus fronteras.

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