Cuba: ¿Podríamos dejar de ser solidarios?

Cuba ostenta una historia de solidaridad sin precedentes, a pesar de con un bloqueo económico, comercial y financiero sobre sus espaldas hace casi seis décadas. En el día de ayer, al recibir el crucero británico MS Braemar, al que otros países negaron el atraco, lo demostró nuevamente.

Por Juan Miguel Cruz Suárez/ Tomado de Cubadebate/ Foto de portada: Ladyrene Pérez/ Cubadebate.

Sí, podríamos dejar de ser solidarios, posiblemente los egoístas de este mundo nos otorguen un aplauso cerrado y unas loas, aunque ellos son los menos, a pesar de ser los que más tienen. Podríamos pasarnos al bando de los que miran hacia otro lado, para no ver el rostro triste de la miseria y la desigualdad.

Sí, podríamos dejar de ser solidarios, pero qué hago con la imagen de mis años infantiles donde veo a mamá llevando una taza, del nunca abundante café con leche, hasta la humilde casa de Nena, una mujer negra y postrada, que necesitaba ayuda.

Sí, podríamos dejar de ser solidarios, pero dentro de qué libro oculto la foto de Fidel donando sangre tras el terremoto de Ancash en Perú, allá por 1970, o mi borrosa remembranza de aquella pelota casi nueva que llevé a la escuela primaria, como donativo para los niños de Vietnam, huérfanos a causa de las ambiciones y los odios de los mismos que hoy procuran que no seamos fraternos.

Sí, podríamos dejar de ser solidarios, pero cómo mirar, sin vergüenza, la cara marchita, pero firme, de las madres de aquellos tres amigos de mi adolescencia que no regresaron de Angola y que son y serán siempre el orgullo de estas familias revolucionarias, que comprendieron el gesto altruista de sus muchachos.

Sí, podríamos dejar de ser solidarios, pero habría que renunciar a las manos amigas que en el mundo se levantan por Cuba o a las manos propias que acá adentro acuden tras los huracanes o los tornados.

Sí, podríamos dejar de ser solidarios, pero cómo arrancar del alma a los médicos que regresan a casa desde otras latitudes, la sonrisa agradecida del niño pobre que jamás había sentido sobre su piel el dedo sublime de un doctor.

Sí, podríamos dejar de ser solidarios, pero habría que edificar otro pueblo, sin gente que cruce la calle para auxiliar al anciano, sin el vecino que te invita gustoso al café matutino, sin las puertas abiertas de las casas campestres, sin la indignación justa ante lo injusto.

Sí, podríamos dejar de ser solidarios, pero no lo haremos.

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