La respuesta de Milei ante reclamo de futbolistas por Las Malvinas

El gesto de la selección argentina de fútbol en reclamo de Las Malvinas tomó por sorpresa a Milei, quien ha buscado minimizar el gesto que expresa la opinión de todo un país, y que logra frenar la ley de extranjerización de la tierra.

CAPAC – fuentes Al Mayadeen y P12

El reclamo por Malvinas que surgió en el Mundial

El reclamo por Malvinas surgió en el Mundial con el nervio de un problema estructural y se incrustó en la coyuntura política. Frenó la aprobación de la ley de extranjerización de la tierra, que el oficialismo presentó con el nombre embustero de “inviolabilidad de la propiedad privada”. Y a su influjo aumentó la imagen negativa del gobierno y disparó una interna que no estaba prevista.

Malvinas es el residuo de un sistema colonial anacrónico que la humanidad ha repudiado y aborrecido al menos en teoría. Lo real es que quedan sólo 17 enclaves en el planeta y los argentinos son víctimas de una de esas injusticias. No hace falta instalarlo en forma artificial, surge de manera natural: las dos selecciones enfrentadas en un partido de fútbol, más vecinos de Villa Luro que viajaron como hinchas, más una sábana de hotel, más la ministra argentina de Seguridad que reafirmó la prohibición de asistir con cualquier emblema que recuerde a las Malvinas y el tema se potencia.

La sábana blanca y la desesperación de Mileri

Una tela blanca con la frase “las Malvinas son argentinas” recorrió el césped del estadio donde la selección acababa de derrotar a Inglaterra en la semifinal del Mundial 2026. La imagen, cargada de historia y de memoria, llegó hasta el despacho presidencial y obligó a Javier Milei a improvisar una respuesta durante una entrevista

El mandatario comenzó por restarle toda trascendencia diplomática al gesto de los futbolistas. “Las cosas que pasan en la cancha con los jugadores no son parte de la diplomacia”, sentenció, y para demostrar que el asunto no merecía mayores alarmas puso una cifra sobre la mesa: una eventual sanción de la FIFA no superaría los 30 mil dólares.

La precisión numérica, tan característica de un economista que habla de déficit fiscal y emisión monetaria, se trasladó de pronto al terreno de los símbolos patrios con una naturalidad que desconcertó a más de un analista.

Un presidente que le pone precio a una reivindicación histórica parece moverse en un universo donde todo, incluso la memoria de una guerra, puede traducirse a una planilla de costos.

Esa lógica contable no le impidió reconocer que detrás de un partido contra Inglaterra habita un sentimiento profundo que atraviesa a toda la sociedad argentina.

“Es un sentimiento que está dentro de todos los argentinos y es perfectamente válido que ellos se quieran expresar”, concedió, y acto seguido volvió a trazar una frontera invisible entre lo que sucede dentro de una cancha y lo que ocurre en el plano de las relaciones exteriores.

Para Milei, un partido de fútbol es apenas un partido de fútbol, como si los símbolos que allí se despliegan carecieran de peso político y como si las banderas pudieran guardarse en un cajón distinto al de la diplomacia.

Sin embargo, el presidente no se quedó en la distinción teórica. Mencionó a los veteranos de la guerra de 1982 y al director técnico Lionel Scaloni como ejemplos de personas que comprendieron el gesto en su justa medida, sin contaminarlo con lecturas inconvenientes.

“Efectivamente las Malvinas son argentinas, las vamos a recuperar en el plano diplomático y con una inteligencia en el accionar”, afirmó, una frase que repite con la cadencia de un mantra y que deposita en una negociación futura e indefinida la resolución de un conflicto que lleva más de cuatro décadas.

La promesa, envuelta en un lenguaje de manual, no ofreció plazos ni estrategias concretas, apenas la reiteración de un deseo que todo la Argentina comparte.

El enemigo sin nombre y la diplomacia de los dardos

La intervención presidencial incluyó un mensaje cifrado que cualquier observador de la política local pudo decodificar sin esfuerzo. Milei criticó con dureza a quienes, desde “una posición de responsabilidad”, cometen “errores inadmisibles” que podrían tener “consecuencias muy negativas”.

No mencionó a su vicepresidenta Victoria Villarruel, pero la referencia resultó tan transparente como incómoda: horas antes del encuentro deportivo, la titular del Senado había calificado a los ingleses de “piratas usurpadores” en las redes sociales, una declaración que derivó en una queja formal de la embajada británica.

El presidente construyó así un escenario donde el verdadero problema no parecía ser la herida abierta por el colonialismo sino la torpeza de quienes la nombran con palabras que exceden el protocolo. La diplomacia, en su visión, exige un temple que su compañera de fórmula no supo demostrar, y el episodio dejó al descubierto la fractura que atraviesa a un Gobierno donde los mensajes circulan por carriles paralelos y a menudo chocan entre sí.

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