La desinformación electoral en Estados Unidos: Otro epitafio para la verdad

Durante meses, la narrativa republicana buscó sembrar dudas sobre el proceso político, intentando construir como consenso que el único obstáculo para impedir la reelección era el fraude electoral.

CAPAC- Por Patricia María Guerra Soriano/ Tomado de Cubaperiodistas/ Ilustración: Ary Vincench.

La desinformación hizo metástasis en el mundo, pero desde hace 25 siglos, el estratega militar y filósofo chino, Sun Tzu, en su premonitorio tratado El arte de la guerra, lo advertía con una imagen: por débil que sea la pendiente, si ponemos una bola en ella, rodará. Y así sucedió. Y así sucede, solo que de tanto rodar, esas unidades desinformantes se han normalizado en la sociedad.

La información, en nombre de la libertad, se expandió deliberadamente; rodó flácida, penetrable y transformable dentro de cajas de resonancia que llegaron a los individuos masificados.

El ardid de esta guerra se fabricó en el ecosistema infocomunicativo sobre el clásico modelo de transmisión (emisor, mensaje y receptor) y sobre una marcada intencionalidad construida por el emisor que buscó su propio beneficio y que, por tanto, como explica Van Dijk (*), produjo un abuso de poder.

Ese es el fenómeno desinformante primario. Lo que acontece en el mundo actualmente es un calco de experiencias, que se considera nuevo —aunque erróneamente— por la universalización de las herramientas de difusión y su facilidad de uso.

Desde el piso 14 de una torre de oficinas modernas en Rosslyn, Virginia, a las afueras de Washington, y en unas salas de conferencias con paredes de vidrio que dan al río Potomac, el equipo de campaña republicano que buscó la reelección de Donald Trump adaptó esa arquitectura primaria de la desinformación a un supuesto peligro, el fraude electoral.

Una investigación del The New York Times, basada en la revisión de miles de páginas de registros judiciales y entrevistas con más de 100 actores clave (abogados, activistas y funcionarios gubernamentales actuales y anteriores), encontró un gran esfuerzo republicano para obtener ventaja partidista mediante la agresiva promoción de lo falso.

Ese supuesto problema generalizado alcanza su forma más destacada en las propias declaraciones públicas de Trump, quien promueve sin descanso la falsa noción de que el fraude electoral es una realidad del sistema político estadounidense.

Aunque la recurrencia a estos argumentos no nació con Trump, pues tiene sus raíces en los intentos de la era de la Reconstrucción para suprimir los votos de los esclavos recién liberados, es innegable que vive un momento álgido a partir de una aparente desconfianza en el proceso electoral que es inyectada a los votantes mediante el sistema de medios.

La incertidumbre y el conflicto en torno a la elección presidencial fue alimentada por la profunda división partidista de los estadounidenses, los ecosistemas de información en duelo y las respuestas divergentes a las teorías de la conspiración.

Esas variables facilitaron que la ficción adaptable del fraude electoral se posicionara en el discurso político republicano como una consecuencia del voto por correo, cuando el miedo al contagio y a la muerte por COVID-19 significó su masiva utilización por la ciudadanía norteamericana.

Trump ha citado, en repetidas ocasiones, sus preocupaciones sobre el fraude electoral asociado a esta alternativa de elección que remonta a la Guerra Civil en 1861, como una razón por la que no puede acatar un resultado electoral adverso.

Respecto al tema, una investigación publicada este 1 de octubre por el Berkman Klein Center for Internet & Society de la Universidad de Harvard arrojó importantes resultados, tras el análisis de más de 55.000 historias de medios en línea, cinco millones de tweets y 75 000 publicaciones en páginas públicas de Facebook que generaron millones de interacciones.

Anatomía de una campaña de desinformación sugiere que Donald Trump ha perfeccionado el arte de aprovechar los medios de comunicación para reforzar su campaña de desinformación mediante el uso de tres prácticas estándar básicas: el enfoque institucional de élite (si el presidente lo dice es noticia); búsqueda de titulares (si sangra, conduce) y el equilibrio, la neutralidad o el rechazo a tomar partido ante determinados acontecimientos.

El estudio destaca cómo Trump usó los dos primeros enfoques para establecer la agenda mediática en torno a la votación por correo, a través de una combinación de tuits, conferencias de prensa y entrevistas televisivas en Fox News; mientras empleó su tercera estrategia para audiencias que no están políticamente comprometidas y tienen un conocimiento político relativamente bajo.

Contrario al enfoque de la mayor parte del trabajo contemporáneo sobre la desinformación, el Berkman Klein Center precisa que ese fenómeno fue impulsado por la élite y dirigido por los medios de comunicación. En tanto, las redes sociales cumplieron un papel de apoyo con efectos potencialmente profundos tanto para la participación como para la legitimidad de las elecciones de 2020.

Durante meses, la narrativa republicana buscó sembrar dudas sobre el proceso político, intentando construir como consenso que el único obstáculo para impedir la reelección era el fraude electoral.

Las declaraciones de Trump, el miércoles cuatro de noviembre en la madrugada, asegurando que había ganado la contienda y que los demócratas intentaban socavarlo a través de votos fraudulentos, fueron el cénit de una estrategia política levantada sobre el cinismo y la mentira, en la cual, hasta los errores ortográficos formaron parte de la estrategia de desinformación.

Otro análisis de The New York Times explica cómo #BidenCrimeFamily logró ser una etiqueta efectiva dentro de la campaña de desinformación contra el candidato demócrata Joseph Biden durante todo un año.

Aunque el eslogan comenzaba a hacerse viral antes de la oficialización de la candidatura de Biden, la desinformación sobre él tendía a permanecer en el ecosistema de medios de la derecha.

Para la segunda etapa de la campaña de manipulación fue fundamental el rol de los operadores que difundieron de manera estratégica la etiqueta a través del sistema de medios, cuya amplificación por parte de periodistas, políticos y activistas se caracterizó por una asimetría de la atención: al inicio la etiqueta recibió poca atención de los medios (fenómeno conocido como viralidad escondida) y luego fue ampliamente utilizada por los medios conservadores de noticias.

The New York Times no encontró evidencias de esfuerzos para romper el circuito de desinformación por parte de redes como Youtube, Facebook y TikTok. Solo Twitter-asegura el diario norteamericano-intentó hacerlo al desindexar la etiqueta (no se mostraban resultados al hacer clic).

Sin embargo, ya era demasiado tarde para contrarrestar el flujo creciente de seguidores, la campaña de transformación de la realidad se ajustó a las tácticas que intentaban impedir su diseminación, hasta el punto de que el viernes anterior al día de las elecciones, Trump tuiteó la etiqueta con un error ortográfico. Lejos de ser un “dedazo”, #BidenCrimeFamiily evadió los intentos de las redes sociales por detener su efecto.

El tres de noviembre, 17.000 personas publicaron la etiqueta en Facebook, mientras que en Twitter se estaba utilizando 3.500 veces por hora.

El hecho de que los resultados no se conocieran de inmediato debido al engorroso proceso del conteo de votos, para el cual no existía la infraestructura necesaria en todos los Estados de la Unión, determinó una mayor exposición de los usuarios a información errónea y manipulada.

Con la campaña #StoptheSteal (#DetenganelRobo), Trump usó la misma táctica, efectiva por sencilla, que le aseguró avivar la rabia virtual de sus seguidores quienes aseguraban-una vez más, sin pruebas-que el recuento de votos para las elecciones estaba siendo manipulado contra el mandatario.

Luego de la desactivación del grupo en Facebook, portavoces de esa red social argumentaron que la decisión de eliminarlo estaba basada en “llamamientos preocupantes a la violencia por parte de integrantes del grupo”, gestionado por la organización Women for America First, que promovió protestas contra las restricciones por COVID-19 y apoyó a Trump durante las audiencias del juicio político en su contra.

Stop the Steal”, que instó a poner “las botas en el suelo para proteger la integridad del voto”, existió menos de 24 horas, pero durante ese tiempo, estuvo acumulando 1.000 nuevos miembros cada 10 segundos y llegó a tener un total de 365.000 miembros.

Si bien la evidencia indica que la votación por correo está asociada con solo niveles minúsculos de fraude, una reciente encuesta del Pew Research Center encontró que el 43 por ciento de los republicanos y los independientes de tendencia republicana identifican el fraude electoral como un problema importante asociado a las boletas por correo; por el contrario, solo el 11 por ciento de los demócratas y los independientes de tendencia demócrata dicen lo mismo.

El Comité Nacional Republicano y los miembros de la campaña de Trump han sugerido que se trata de una desinformación institucionalizada, más que individual, al estar respaldada por los medios de comunicación de derecha, liderados por Fox News y la radio de conversación, los cuales refuerzan los mensajes y proporcionan una plataforma para la difusión de las noticias falsas.

The New York Times descubrió, en octubre, una red de rápido crecimiento compuesta por alrededor de 1 300 sitios web con el objetivo de suplir el vacío dejado por los periódicos locales desaparecidos en todo el país por la crisis de la pandemia de la COVID-19.

Si bien los sitios aparecen como medios de comunicación locales corrientes a partir de la gestión de diseños simples y de artículos sobre la política local, esas historias son sostenidas por agentes políticos que promueven a los candidatos republicanos, se enfocan en temas conservadores y difaman a sus rivales demócratas, en los 50 Estados de la Unión.

La red, supervisada fundamentalmente por Brian Timpone, un reportero de televisión convertido en empresario de Internet, paga a escritores independientes para la conformación de los relatos políticos, mientras el resto de los contenidos tiende a generarse algorítmicamente utilizando conjuntos de datos disponibles o reutilizando historias de fuentes legítimas.

Funcionarios electorales en entornos locales han hablado del “tsunami de desinformación” que han afrontado y han advertido de la recepción de emails maliciosos con enlaces de phishing, la forma más sencilla del ciberataque con la que se engaña a los usuarios para que compartan información confidencial como contraseñas y números de tarjetas de crédito.

Esa producción deliberada de falacias por los aparatos de colecta y diseminación de “Fake News”-como advirtió Fernando Buen Abad en Los placeres del engaño– “poseen el don de la ubicuidad y la velocidad para crear consensos”, para “destruir la capacidad crítica y emancipatoria de los pueblos (…) para mover al mundo con una especie humana consumista convencida de que eso es vivir en ‘libertad’”.

El 7 de noviembre, Joseph Biden consiguió dos grandes objetivos: ganar en el Estado de Pennsylvania, e inmediatamente ser identificado como el cuadragésimo sexto presidente, una posición que lo sienta en la historia nacional junto a los demás mandatarios de la nación.

El 7 de noviembre, Donald Trump no solo consiguió perder en Pennsylvania, sino que falló, sin lograr por primera vez persuadir al mundo de que no lo había hecho.

Lo más llamativo de este momento que nos ha mantenido en ascuas, no es la victoria de Biden, tampoco la victoria de Kamala Harris, a pesar de haber roto otro techo de cristal al confirmarse como la primera mujer vicepresidenta en una historia escrita por hombres; lo más llamativo del momento vuelve a ser la tremebunda sombra del trumpismo, avalada en las actuales elecciones por más de 70 millones de seguidores, cifra que se incrementó en más de siete millones de votantes respecto a los comicios del 2016.

Trump se aseguró de seguir los pasos de su mentor, Roy Cohn, el exayudante del senador Joseph McCarthy y de su asesor político más importante, un protegido de Cohn, Roger Stone, para engendrar una empresa de vida en la que el mayor fracaso es fracasar, en la que cualquier publicidad es buena publicidad, en la que es imprescindible la subestimación a las demás personas y el odio visceral a lo que o a quienes no coinciden con sus patrones de pensamiento.

El trumpismo ya es un modo de hacer política. Y Trump “con su narcisismo a escala Richter” -como aseguró su biógrafo Tim O´Brien-vuelve a recordarnos que es hijo de una sociedad impenitente. Eso parece salvarlo de la culpa.

Nota: (*) Van Dijk, T. (2006). “Discurso y manipulación: Discusión teórica y algunas aplicaciones”. En Revistas Signos, vol.39, No. 60, p.49-74

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