El bloqueo a Cuba que no existe
El terraplanismo no es inocente. Es una posición política activa y deliberada. Quien niega el bloqueo a Cuba no adopta una postura escéptica ni rigurosa: toma partido por la potencia que lo impone y contra el pueblo que lo padece
CAPAC – por José Enrique González Calvo (*)
Hay una forma curiosa de negacionismo que no necesita teorías elaboradas ni conspiraciones sofisticadas. Le basta con mirar para otro lado. Es el mismo mecanismo mental que lleva a alguien a afirmar que la Tierra es plana a pesar de los satélites, las fotos desde el espacio y la física de Newton: no una refutación de los datos, sino una decisión de no verlos. Algo así ocurre con quienes niegan que el bloqueo norteamericano sobre Cuba existe. Son muchos, están bien organizados y tienen altavoces potentes en la prensa hegemónica, cuentan con medios propios financiados con millones del contribuyente estadounidense. Algunos, incluso, se reivindican de izquierdas.
El 29 de enero de 2026, Trump firmó una orden ejecutiva declarando una emergencia nacional y estableciendo aranceles a los países que vendieran o suministraran petróleo a Cuba. No era una amenaza abstracta: el Gobierno norteamericano bloqueó las exportaciones de crudo venezolano hacia la isla y presionó a México para que detuviera sus propios envíos.
El resultado fue devastador: apagones que se sumaron a los que ya existían, aerolíneas extranjeras que suspendieron sus vuelos, combustible que desapareció de las gasolineras. Las consecuencias son concretas y se pueden enumerar con frialdad burocrática, aunque detrás de cada dato hay gente.
Se suspendieron los vuelos desde Canadá, paralizando el principal mercado emisor de turismo y con él toda la cadena de negocios extrahoteleros. Y no solo los vuelos desde Canadá, también de Rusia y la mayoría de las aerolíneas europeas.
Se pospusieron cirugías. Los viajes interprovinciales se redujeron al mínimo. Los camiones de recogida de basura dejaron de funcionar por falta de combustible y los residuos comenzaron a acumularse en las esquinas de La Habana.
El Festival del Habano, uno de los eventos internacionales más importantes de la isla, fue suspendido. Congresos, eventos deportivos: todo congelado, como en los peores meses de la pandemia. Solo que esta vez no hay virus. Hay una firma al pie de un decreto presidencial.
El negacionismo como trinchera política
Conviene entender de dónde viene ese negacionismo, porque no es inocente. No se trata de personas desinformadas que no han leído suficiente. Se trata de una posición política activa y deliberada.
Negar el bloqueo cumple una función ideológica muy precisa: si el bloqueo no existe, entonces todo lo que padece Cuba es culpa exclusiva de su modelo político y de quienes lo gobiernan. Si el bloqueo no existe, Washington queda absuelto y La Habana, condenada.
Es un juego de trilero bien ejecutado. Consiste en señalar las dificultades reales de Cuba —y son reales, nadie las niega— mientras se borra del mapa la causa principal que las provoca y las agrava. El resultado es una narrativa cómoda para quienes quieren justificar décadas de agresión económica sin tener que defenderla abiertamente.
El 1 de mayo pasado, mientras cubanas y cubanos llenaban las plazas y centenares de miles se concentraban frente a la embajada de Estados Unidos, Trump firmó una orden ejecutiva que amplía las sanciones contra el Gobierno de Cuba.
Las nuevas medidas apuntan a funcionarios, entidades y cualquier actor que opere en los sectores de energía, defensa, minería y finanzas en la isla. Los bancos y empresas extranjeras que hagan negocios con entidades cubanas sancionadas podrían quedar excluidos de los mercados estadounidenses y los bienes e intereses patrimoniales en territorio norteamericano, bloqueados.
La pregunta se cae de madura: ¿cómo se niega esto? ¿Con qué cara se sostiene que no hay bloqueo cuando la Casa Blanca publica comunicados de prensa anunciando cada nueva vuelta de tuerca?
El 7 de mayo, el Secretario de Estado Marco Rubio fue un paso más allá y anunció sanciones directas al Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA) y a Moa Nickel S.A. Sancionar las principales empresas y la extracción de níquel —uno de los pocos productos cubanos con demanda exportable— significa privar al país de las divisas necesarias para importar alimentos, combustibles y medicinas.
Pero el daño no acaba ahí: estas sanciones también disuaden a los socios que aún permanecen, porque nadie quiere arriesgarse a que Washington apague también su acceso al sistema financiero internacional. El efecto es un aislamiento en espiral, diseñado para que nadie se acerque a Cuba aunque quiera hacerlo.
Un cerco con nombre, apellidos y firma
Los terraplanistas del bloqueo suelen recurrir a un argumento que suena técnico y razonable: Cuba puede comerciar con otros países, no hay barcos de guerra cerrando el puerto de La Habana, no es un bloqueo naval clásico. Es simplemente, dicen, un embargo.
Que le cuenten eso a un trabajador privado del sector turístico cubano. Yo, como ciudadano de este país, no tengo acceso a ninguna plataforma de pago online ni a ningún banco extranjero. La razón es tan sencilla como kafkiana: Estados Unidos considera que Cuba patrocina el terrorismo, y eso me deja fuera de Stripe, PayPal o cualquier pasarela de pago que opere bajo jurisdicción norteamericana.
Al no tener forma de hacer y recibir pagos internacionales, no puedo ni siquiera, hacer algo tan simple en el mundo actual, como abrirme una página web para poder ofrecer mis servicios.
Sumarle que no vienen excursionistas en cruceros como suele suceder en otros países del Caribe, ya que el centro del crucerismo en esta región es Miami, así que los grandes cruceros que surcan estas aguas no pueden parar en Cuba porque el barco que toca aguas cubanas no puede tocar aguas norteamericanas en 180 días.
Agrégale que los ciudadanos norteamericanos necesitan una licencia especial de su propio gobierno para viajar a Cuba, y el turismo no entra en las categorías autorizadas (estoy hablando del principal mercado emisor de turistas de la región). Solo hay que preguntar en Dominicana o México que le pasaría a sus economías sin turismo norteamericano.
Y para que tampoco vengan europeos, los que visiten Cuba pierden automáticamente el derecho a viajar a Estados Unidos con el sistema ESTA, la autorización electrónica que se les concede por ser ciudadanos comunitarios. No es una incomodidad menor: para muchos, elegir Cuba significa renunciar a Estados Unidos, y esa elección pesa.
Ahora, que alguien me explique cómo puedo desarrollarme igual que cualquier otro trabajador privado del turismo en cualquier otro país del mundo. Que alguien me explique quién está frenando mi desarrollo económico. Y que sea honesto al responder.
Porque la trampa está diseñada con precisión: asfixiar la economía, que no se desarrolle nada en Cuba hasta que la gente quiera irse, y luego usar esa emigración como prueba de que «los cubanos huyen del comunismo.»
Pero dejemos lo personal y vayamos a lo colectivo, a lo que nos afecta a todas y todos. La escasez de maquinaria esencial, repuestos, electricidad, agua, combustible, alimentos y medicinas tiene consecuencias gravísimas sobre los derechos humanos más básicos: el derecho a la vida, el derecho a la alimentación.
Y esto no lo dice el Granma ni el gobierno cubano. Lo dice la Oficina del Alto Comisionado de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Esos derechos humanos que los mismos que niegan el bloqueo dicen defender.
Aquí está la gran perversión moral del argumento negacionista: quienes niegan el bloqueo suelen hacerlo en nombre del pueblo cubano, invocando su sufrimiento como coartada. Y es exactamente ese pueblo el que paga las consecuencias más brutales de aquello que niegan.
La comunidad internacional tampoco tiene dudas
El negacionismo del bloqueo exige ignorar no solo los datos económicos sino el consenso político más amplio del planeta. La Asamblea General de Naciones Unidas lleva más de treinta años votando resoluciones que exigen su fin, con mayorías que superan los ciento ochenta países contra dos o tres. No es una votación reñida ni un empate político. Es un consenso aplastante que incluye aliados históricos de Washington.
Las últimas medidas de Trump han generado condena incluso en Alemania, un país que se ha negado sistemáticamente a condenar a Israel por su genocidio en Gaza. Cuando esa Alemania condena las sanciones norteamericanas sobre Cuba, algo falla estructuralmente en el argumento de que no hay bloqueo. No hace falta ser un analista político sofisticado para verlo.
Negar el bloqueo es elegir un bando
No existe neutralidad posible en este debate. Quien niega el bloqueo no adopta una postura escéptica ni rigurosa: toma partido por la potencia que lo impone y contra el pueblo que lo padece. Es así de sencillo y así de grave.
La izquierda tiene la obligación de no dejarse arrastrar por esa trampa discursiva. Reconocer la complejidad de Cuba —sus contradicciones internas, sus problemas reales, sus debates pendientes— es completamente compatible con nombrar con claridad lo que está ocurriendo: una superpotencia está utilizando el hambre y la asfixia como armas de guerra contra una nación de diez millones de personas, por el delito de haberse gobernado a sí misma durante más de seis décadas.
Díaz-Canel lo dijo después de las últimas sanciones: «nadie honesto puede aceptar la excusa de que Cuba sea una amenaza para Estados Unidos». Las medidas evidencian, en sus palabras, «la pobreza moral y del desprecio a la sensibilidad y el sentido común de los estadounidenses y de toda la comunidad internacional».
Tiene razón. Y los terraplanistas del bloqueo, mientras tanto, seguirán mirando para otro lado mientras las luces de La Habana se apagan una por una.
(*) Comunicador e historiador autodidacta cubano, especializado en los procesos políticos y sociales de Cuba.

