Venezuela: Delcy Rodríguez, Israel y los marines yanquis

El pasado martes, la presidenta «encargada» de Venezuela, Delcy Rodríguez, se reunía con una delegación del Estado de Israel, integrada por diplomáticos, técnicos y militares. Rodríguez y el ministro, Diosdado Cabello, mantuvieron también otra reunión con el jefe del Comando Sur de los EE.UU.

CAPAC – fuente Canarias-Semanal.org

El pasado martes, la presidenta «encargada» de Venezuela, Delcy Rodríguez, se reunía con una delegación del Estado de Israel, integrada por representantes diplomáticos, supuestos especialistas técnicos y militares, con el propósito oficial de coordinar la remoción de escombros tras los terribles terremotos que golpearon al país latinoamericano el pasado 24 de junio.

  En cualquier otro contexto, una reunión de estas características podría interpretarse como un episodio más de cooperación internacional ante una emergencia humanitaria. Sin embargo, en el caso venezolano el encuentro posee una evidente dimensión política. No solo supone un contacto oficial con representantes del estado sionista tras años de ruptura diplomática, sino que también se convierte en una manifestación especialmente sangrante de la sumisión del Gobierno encabezado por Rodríguez a los dictados de la administración Trump.

De Chávez a Rodríguez: el abismo de una política exterior

   Hace diecisiete años, el 15 de enero de 2009, Hugo Chávez expulsaba al embajador de Israel y rompió relaciones diplomáticas con ese país. Lo hizo tras la masacre de Gaza, calificando al Estado sionista de «genocida» y «terrorista».

  En 2010, maldijo a Israel:

«Maldito seas, Estado de Israel. Maldito seas, terrorista y asesino. Viva el pueblo palestino».

Ese mismo año, Nicolás Maduro, entonces canciller, estableció relaciones formales con la Autoridad Nacional Palestina. Venezuela se convirtió, así, en la voz de Palestina en América Latina.

  Hoy, el Gobierno del triunvirato formado por los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello abre la puerta a una delegación israelí con componente militar. No a una ONG humanitaria, sino una delegación del mismo ejército que acaba de asesinar a más de 70.000 personas en Gaza, que bombardeó el Líbano y que, junto a Estados Unidos, masacró civiles en Irán. Los mismos que convirtieron Gaza en escombros se desplazan ahora Venezuela a «ayudar» con los escombros.

   Delcy Rodríguez y el ministro del Interior, Diosdado Cabello, mantuvieron también otra reunión con el jefe del Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos, general Francis Donovan.

Diosdado Cabello saludando alegremente al jefe del Comando Sur, Francis Donovan, y otros militares del mismo ejército que bombardeó Venezuela el 3 de enero y secuestro a Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores.

 Una pretendida «ayuda» que mata

   La presencia de militares israelíes en suelo venezolano, en un momento de máxima vulnerabilidad ya ha sido denunciada por los sectores críticos que se niegan a sepultar por completo el legado de Hugo Chávez como una forma de ocupación. Se trata de la misma estrategia que Estados Unidos aplica con sus marines desplegados en La Guaira bajo el manto del Comando Sur: presentar la intervención militar como asistencia humanitaria.

  La reunión de la presidenta encargada por Donald Trump no ocurre en el vacío. Se produce después de que Rodríguez se reuniera en secreto con el director de la CIA, John Ratcliffe y mientras Estados Unidos administra y controla los recursos petroleros del país latinoamericano.

¿Dónde quedó el legado de Chávez?

   En 1999, tras el terremoto de Vargas que dejó miles de muertos, Hugo Chávez rechazó la  colaboración estadounidense. No porque Venezuela despreciara la auténtica solidaridad, sino porque era plenamente consciente de que esa “ayuda”  del Imperio siempre lleva un anzuelo. Entendía que la soberanía no se negocia en momentos de debilidad, sino que se defiende con más ferocidad y que un país que acepta tropas extranjeras en su territorio deja de ser soberano.

  Delcy Rodríguez, en cambio, no solo acepta la presencia de las tropas estadounidenses en el país. Ahora también acepta la presencia israelí. Y lo hace mientras el pueblo venezolano sigue buscando a sus muertos entre los escombros.

El espejo de Haití, el espejo de Gaza

   La llamada doctrina del shock funciona de esta manera: aprovechar una catástrofe para imponer lo que en circunstancias normales sería imposible. En Haití 2010, el terremoto sirvió para instalar una ocupación militar encubierta que dura hasta la actualidad. En Gaza, la destrucción sistemática sirve para impedir cualquier reconstrucción soberana. En Venezuela, el terremoto del 24-J, que llegó con un gobierno que ya había convertido el país en un protectorado de los Estados Unidos, ha servido para normalizar lo inaceptable: soldados israelíes y estadounidenses en territorio nacional, bajo la excusa de la ayuda humanitaria.

La pregunta que no se hace

   Aun en medio del desastre, el dolor y el “shock” que tan oportuno está resultando apara acelerar el proyecto de “transición” liderado por Marco Rubio a través de su presidenta interpuesta, los más críticos se preguntan por qué Delcy Rodríguez tenía que reunirse con la delegación sionista enviada por el Gobierno del genocida Benjamin Netanyahu.

   ¿Por qué Israel? ¿Por qué no Cuba, que tiene décadas de experiencia en misiones médicas internacionales? ¿Por qué no México, que envió brigadas de rescate desde el primer día? La respuesta está en la pregunta misma. Porque no se trata de ayuda. Se trata de alianzas. Se trata de que Delcy Rodríguez, como buena administradora del protectorado, cumpla con los deseos de Washington. Y Washington desea que Israel esté presente. Que el Comando Sur esté presente. Que Venezuela deje de ser un país y se convierta en un territorio definitivamente intervenido.

    La reunión de Rodríguez con la delegación israelí, al igual que la reunión de Diosdado Cabello con el jefe del comando Sur, son símbolos de que la política exterior bolivariana ha sido definitivamente enterrada y solo existe en este momento como corolario de la Doctrina Donroe que justifica el más descarado intervencionismo estadounidense en América Latina.

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