Estoy de acuerdo con las medidas. (x René González)

René González, uno de los 5 Héroes de Cuba, reflexiona sobre las medidas económicas que aprobó la Asamblea Nacional del Poder Popular, sus implicancias sociales, las dudas a enfrentar y el avance hacia una sociedad socialista.

CAPAC – por René González

No porque vengan ahora desde arriba, ni porque haya tenido alguna epifanía, o porque pienso que debían haberse aplicado desde antes. La única razón válida es que son resultado de un consenso que pasó, primero, por la discusión de los lineamientos, y luego por la aprobación de la Constitución. Ambas bastante tiempo atrás. Demasiado.

Ahora se produce un debate, reminiscente de aquellos relativos a la NEP. Y aunque comparto las preocupaciones que desde la izquierda manifiestan algunos compañeros, a quienes además respeto, no creo que necesariamente nos lleven a un modelo neoliberal, o siquiera a un capitalismo light, si hacemos bien las cosas.

La dialéctica y la historia nos muestran que no se produce una transición a un estadio superior sin una convivencia con elementos del pasado. Todavía hoy, luego de haber resucitado la esclavitud para su acumulación originaria, el capitalismo convive en perfecta armonía con los remanentes del feudalismo. No podemos aspirar a que esta islita, cercada y sin recursos, arrastre al planeta hacia aquel “futuro luminoso” que se propusiera la URSS, sin alcanzarlo, a pesar de sus recursos y su desarrollo. 

La construcción del socialismo necesita un estado económicamente fuerte, y la única manera de lograrlo es poner el país a producir. Producir, hoy, es trabajar por el socialismo, hágalo quien lo haga. Un estado socialista que -por las razones que sea- perdió la capacidad de garantizar siquiera aquellos famosos cinco productos a su población, no podrá ser el mediador de la economía si no se produce. No se puede repartir, o hacer políticas sociales, con lo que no hay.

La previsible agudización de las diferencias sociales supondrá un enorme reto. Cualquier esquema de corrupción generado dentro del sistema de asignación de recursos y centralización que conocemos bien, puede palidecer ante la abundancia de solvencia de unos pocos, en las nuevas condiciones. La tendencia al egoísmo de seguro entrará en contradicción con valores solidarios que tuvimos por sagrados. Nos pareceremos por fuerza un poco más a un entorno geográfico en que prevalecen manchas que por filosofía rechazamos.

¿Dónde está la clave? En mi opinión, en la forma de hacer política.

Las medidas económicas que por necesidad tomamos nos arrastrarían de manera espontánea si no vienen con el acompañamiento de un rehacer igual de profundo en la política. La burocratización, el formalismo, la infladera de globos, el sociolismo, la muela, la doble moral, la opacidad, el invento o la complacencia no serían buenos ingredientes, en la fórmula política que exigen como contrapeso estos cambios en la economía.

En el municipio y en su relación con el tejido empresarial se definirá el éxito o el fracaso de estos cambios en el modelo. Una empresa con autonomía real, gestionada por sus trabajadores, con una dirección colectiva transparente y una relación bien definida con el pueblo, su dueño; y no un feudo en manos de sus directivos, con una gestión opaca, germen de corrupción donde “resolver” sea la palabra de orden.

Unas formas no estatales, integradas de manera armónica a la economía del país, dentro de un marco legal que les iguale en condiciones, vinculados todos a la solución de los problemas del entorno y complementándose mutuamente. Todos, los unos y los otros, con sus cuentas claras con la sociedad.

Pero, sobre todo, un territorio que retenga los recursos que exigen sus nuevas facultades, con dirigentes capaces de administrarlos bien y de manera pública y transparente, comprometidos con la solución de los problemas y con poder real para enfrentarlos; curados del compadreo y electos por comunidades que vean en esas estructuras y en sus cuadros el poder real del pueblo, y no meros tramitadores de quejas sin solución.

Y una lección, tal vez. Una sociedad que se abra al debate, en que nos escuchemos los unos a los otros, con respeto, dejando de lado las etiquetas, tan simplonas y tan dañinas, en que no tome tanto tiempo alcanzar el consenso ante un mundo tan complejo y tan cambiante.  Que se excluya a sí mismo sólo el que nos agrede. Dentro de la nación todo, contra la nación nada.

¿Sera posible todo eso?  El reto es enorme y la vida dirá, pero no queda más remedio que intentarlo.

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