EE.UU sanciona a la Milicias de Tropas Territoriales cubanas
La administración estadounidense acaba de añadir un nuevo capítulo a su «Manual del Disparate Imperial»: sancionar a las Milicias de Tropas Territoriales (MTT) cubanas.
CAPAC – por Orestes Hernández
La obsesión de Rubio arremete también contra las Milicias de Tropas Territoriales.
Hay fijaciones que, por su obstinación, dejan de ser política exterior para convertirse en patología clínica.
La administración estadounidense acaba de añadir un nuevo capítulo a su «Manual del Disparate Imperial»: sancionar a las Milicias de Tropas Territoriales (MTT) cubanas.
El secretario de Estado, Marco Rubio, ha logrado algo que parecía imposible: hacer que un grupo de ciudadanos armados con fusiles y conciencia, pero sin una sola cuenta en el Chase Bank, sea considerado una amenaza para la seguridad nacional de la primera potencia mundial.
Es como declarar enemigo público al vecino que cuida la esquina.
Para entender la ridiculez de la medida, conviene recordar por qué surgieron las MTT. No nacieron en un escritorio de burócratas ni como herramienta de opresión, sino de la necesidad más elemental: la defensa de la soberanía.
El 2 de mayo de 1980, ante la creciente agresión externa y la amenaza de invasión, el gobierno cubano decidió organizar a la población civil en una estructura militar territorial.
No éramos soldados profesionales, sino trabajadores, campesinos y estudiantes que, después de la jornada laboral, recibíamos instrucción militar básica para defender cada palmo de su tierra.
La lógica era tan simple como poderosa: si el Imperio ataca, que se encuentre con un pueblo en armas.
Las MTT no son un ejército de ocupación, sino la comunidad organizada para su propia defensa. Sus miembros no cobraban por estar en las milicias; éramos voluntarios que, como nuestros antepasados mambises, entendimos que la independencia es sagrada
El Departamento de Estado, con la solemnidad de quien cree que su palabra es ley, ha justificado la sanción acusando a las MTT de ser una «fuerza paramilitar que reprime al pueblo cubano» .
La descripción oficial las presenta como «instrumentos de represión violenta».
La acusación, leída desde La Habana, provoca una mezcla de incredulidad y risa amarga.
¿Represión? ¿Las mismas milicias que, en tiempos de crisis, se movilizan para ayudar en la zafra o en las labores de recuperación tras un huracán?
La realidad cotidiana de las MTT es la de hombres y mujeres comunes que, una vez al mes, dedicabamos tiempo libre a instruirnos en el manejo de armas y tácticas defensivas.
El verdadero motor de esta medida no es la inteligencia estratégica, sino la obsesión personal de Marco Rubio con Cuba.
El secretario de Estado, hijo de inmigrantes cubanos, mentiroso contumaz ha convertido su cargo en una cruzada personal contra la isla.
Lo dijo sin ambages: «seguirá utilizando todas las herramientas a su alcance» para asfixiar al gobierno cubano.
Pero la obsesión tiene un costo: el ridículo.
Es un disparo a un símbolo de la nación cubana, a esa capacidad de resistencia que nació de la necesidad de sobrevivir a décadas de agresiones.
¿Qué se pretende con esta sanción?
Congelar «bienes» que estas milicias no tienen en EE.UU. (sus miembros son voluntarios sin remuneración) y prohibir transacciones con una organización cuya única «riqueza» es la disposición a defender su país. Es como embargar a un equipo de béisbol de barrio por «vínculos con el deporte nacional».
Mientras los burócratas de Washington se reúnen con sus carpetas, los milicianos cubanos están en su trabajo o en su casa, sin que la sanción les quite una hora de sueño ni un gramo de dignidad.
La imagen es tan desproporcionada que roza el sainete.
La decisión de sancionar a las MTT quedará registrada como un acto de mezquindad política y ceguera estratégica.
Es la misma lógica que llevó a desconocer la beligerancia del Ejército Libertador en el siglo XIX: la incapacidad de entender que hay pueblos que no se doblegan con sellos y papeles.
Aunque han pasado más de seis décadas desde que la Milicia de Tropas Territoriales (MTT) alzó sus primeros fusiles y aunque hoy, en medio de un éxodo masivo que desdibuja el rostro del barrio y de la familia, ya no se divisen con la misma facilidad los colores oliváceos de aquel uniforme entre tantas carencias y desgastes, lo cierto es que aún en la Isla persisten generaciones que no dudarían en vestirlo de nuevo; no por nostalgia, sino porque sabemos, con la certeza de quien ha visto tambalearse el destino, que si ese uniforme se deja caer definitivamente, con él se desmorona la nación, y que defenderla, aun con el peso de la escasez, sigue siendo un acto de fe que justifica la cubanía.
Ya lo dijo Lennon: «Puedes decir que soy un soñador, pero no soy el único»

