Daniel Jadue y el Chile de Kast (por Telma Luzzani)
Daniel Jadue y el Chile de Kast: “La misma lógica de Pinochet”, Como Milei, Kast va a subordinarse al imperialismo norteamericano y al sionismo.
CAPAC – por Telma Luzzani
El gobierno ultraderechista de Chile cumple un mes de gestión el 11 de abril. En ese lapso tan breve, el presidente José Antonio Kast vio caer su popularidad del 57% al 43% y enfrentó las primeras manifestaciones populares de rechazo a sus medidas altamente impopulares.
Para entender en profundidad la situación, Tektónikos entrevistó al sociólogo y político de izquierda Daniel Jadue, quien gobernó muy exitosamente la alcaldía de la comuna de Recoleta en la región metropolitana de Santiago y (probablemente por ese mismo motivo) fue luego víctima de uno de los casos más escandalosos de persecución judicial.
Como explica una rigurosa investigación del Observatorio Lawfare, “las acciones judiciales contra Jadue revelan un cálculo político: su prisión preventiva, decretada el 3 de junio de 2024, coincidió con los preparativos de las elecciones municipales de octubre de ese año y con su proyección presidencial para 2025”.
“Lo que hemos visto en este primer mes de gobierno no me sorprende”, responde Jadue (militante del Partido Comunista de Chile y quien compitiera por la presidencia en internas del progresismo contra Gabriel Boric, al cabo triunfador, en el ciclo electoral anterior).
Cuando se le pide evaluar los primeros 30 días del presidente ultraderechista Kast, dice: “Llegó a La Moneda con el mandato más amplio que ha recibido un presidente en la historia reciente de Chile (58% en segunda vuelta) y con una agenda clara: cuidar al gran capital, ajuste fiscal, mano dura en seguridad, Plan Escudo Fronterizo, y la promesa de un ‘gobierno de emergencia’ que haría lo que otros no se habían atrevido a hacer. Lo que estamos viendo en estas primeras semanas es exactamente eso: un gobierno que ejecuta su programa sin anestesia y que ha decidido conscientemente pagar el costo político de hacerlo ahora, calculando que no tiene elecciones hasta octubre de 2028.
— ¿Por qué un gobierno de emergencia? Da la impresión de que es siempre la misma narrativa neoliberal…
— Así es. Si profundizamos en su estrategia, lo primero que vemos es que es un gobierno que sabe lo que quiere. No es vacilante ni improvisado. Tiene una hoja de ruta ideológica clara y ha decidido aplicar lo que los analistas llaman “lógica de shock”: concentrar las medidas más dolorosas en el período inicial, cuando aún hay capital político suficiente para absorber el golpe, y apostar a que en 2028 la ciudadanía evalúe resultados y no el dolor del arranque.
— Es la “Doctrina de Shock” tan bien explicada por Naomi Klein en su libro.
— Es la misma lógica que aplicó el thatcherismo en los años 80 en el Reino Unido y, en condiciones distintas, el propio Pinochet en Chile. Es la estrategia típica de los gobiernos de extrema derecha. Hay además un segundo elemento: la estrategia tiene un contenido de clase que no podemos ignorar. El ajuste fiscal de 6.000 millones de dólares que Kast ha anunciado para estos primeros 18 meses es una decisión política sobre quién paga la deuda y el déficit fiscal. Y la respuesta, como siempre ocurre bajo la lógica neoliberal, es que la pagan los que menos tienen. Un ejemplo claro es el aumento del combustible. El “bencinazo” es la primera demostración concreta de esa lógica: cuando el Estado tiene que elegir entre absorber el costo del alza internacional del petróleo o traspasarlo a la ciudadanía, Kast elige lo segundo. Y lo hace en nombre de la “responsabilidad fiscal”, que es la neolengua contemporánea para decir que las arcas del Estado no son un instrumento de protección social sino un indicador de solvencia para los mercados financieros. Lo más impresionante es que esto se hace al mismo tiempo en que se anuncia una reforma tributaria que baja los impuestos a los ricos.
— Sí. Llama la atención que, por un lado, Kast dice que no hay plata porque recibió un “Estado quebrado” (otro clásico de la narrativa neoliberal), pero, por otro, en lugar de aumentar la recaudación fiscal elige bajarla.
— Este gobierno ha cometido ya un error que revela algo más profundo que la torpeza comunicacional: declarar que Chile recibió un “Estado en quiebra” fue un error no forzado que requirió la intervención de la Contraloría. Pero el error fue de fondo. Ese es el tercer punto de la estrategia, porque la narrativa del “Estado en quiebra” tiene una función política precisa: justificar cualquier recorte —en salud, en educación o en protección social— con la coartada de la emergencia. Es una estrategia comunicacional hegemónica: instalar el relato de la crisis para que el ajuste se presente como inevitable. Que parezca una necesidad y no una elección.
— ¿Cuánto incidieron los errores del gobierno centroizquierdista de Gabriel Boric en la victoria de Kast?
— Por un lado, no se puede culpar a la derecha por lo que hace para ganar el gobierno. Ya se sabe que ellos siempre mienten. La derecha engaña. No tienen proyecto de país. Su programa es subordinarse al interés del capital transnacional que hoy día tiene un fuerte componente sionista. Pero, por otro lado, sí hay culpa en la centroizquierda al retirarse del territorio; en su incapacidad para hacer transformaciones profundas y verdaderas. En gran parte de este siglo las fuerzas progresistas fueron protagonistas de los gobiernos latinoamericanos, pero durante sus gestiones no resolvimos el problema de la gente; no cambiamos la estructura del gobierno en el poder, ni nos atrevimos a invertir la contradicción capital trabajo a favor de los trabajadores.
— ¿Podría profundizar en eso?
— Con los gobiernos de centroizquierda, el capital nunca dejó de ganar. Pero en cambio, salvo excepciones muy contundentes y por eso resisten hasta el día de hoy, se debilitó la organización social. Los gobiernos progresistas desmovilizamos a la población. Para tratar de sostenernos en un equilibrio (usando el término de la economía neoliberal), empezamos a hablar de diálogo social, de política de los consensos, de paz, de lucha contra la pobreza… y así se dejaron de usar conceptos como “clase trabajadora”, “plusvalía”, etcétera. Cuando esos términos desaparecen, se esfuma la posibilidad de construir el socialismo, de avanzar hacia un sistema distinto al neoliberalismo porque si no están las palabras, no están los conceptos y entonces la posibilidad de rebelarse contra el modelo vigente también desaparece del imaginario colectivo.
— La ultraderecha, en cambio, sí sabe hacerlo.
— La derecha que nosotros conocimos fue vapuleada por la ultraderecha. Aquella se mostraba respetuosa del estado de derecho, del republicanismo, del derecho internacional, valores que la burguesía impuso después de la Revolución Francesa en los estados nacionales modernos y que le sirvió mucho al capital en su primera fase de desarrollo. Pero, en el capitalismo tardío, esos valores se han transformado en un obstáculo para la acumulación del capital y para su tendencia natural al monopolio global. Ahora tenemos una ultraderecha representada en las grandes corporaciones, en los fondos de inversión, que son dueños del mundo entero. Tenemos que entender que esas corporaciones no se someten a ningún estado de derecho ni a ningún estado nacional. Por eso no les importa nada de las formas republicanas. Cuando Kast invitó a su asunción al presidente de Brasil Lula da Silva y, al mismo tiempo a su contrincante Flávio Bolsonaro, la prensa chilena tituló: “El primer error diplomático del nuevo gobierno”. ¡No! No es un error, es un diseño. Kast ya está haciendo campaña por Bolsonaro. El presidente chileno hizo una opción. A Kast le importa un bledo que Brasil sea uno de los principales socios comerciales de Chile o que sea la principal economía de América Latina junto con México porque para él estas son menudencias que no están en discusión.
— Kast, como el argentino Javier Milei, ¿se somete voluntariamente a los mandatos de Washington?
— El primer día anunció un acuerdo con Estados Unidos por las tierras raras, fundamentales para la tecnología militar y la fabricación de armamento. Kast es un primo hermano de Milei. Ambos van a estar subordinados al imperialismo norteamericano y al sionismo. Y es probable que ambos trabajen juntos, en esta reedición de la Doctrina Monroe, para entregar la Patagonia y las rutas que pasan por el sur también mirando a la Antártida.
— ¿Kast sigue los pasos de Donald Trump en la lucha contra la inmigración?
— Uno de los objetivos logrados de la ultraderecha es hacer que el odio sea horizontal, que en América Latina la clase trabajadora de un país se enfrente a la clase trabajadora de otro. La crisis y el desplazamiento poblacional lo ocasionó el capital transnacional pero estas causas profundas no se ven. El gobierno de Kast prometió expulsar a 360.000 inmigrantes en los primeros 60 días. Los migrantes son la excusa para hacer lo que quiere. Hay que tener en claro que estos discursos sirven para adormecer a los pueblos de América Latina, para generar ese odio horizontal y no vertical —como debiera ser— hacia las clases dominantes, hacia ese 1% que concentra el 50% de la riqueza en Chile como han revelado los últimos estudios. Y atención: el odio apunta a los migrantes pobres porque a los migrantes ricos, como es la familia Kast, no se los odia. Es un enfrentamiento intraclase promovido por los poderosos porque a ellos les conviene que nosotros estemos cada día más desunidos, más torpes y más inhábiles.
— Sin embargo, pareciera que el gobierno de Kast ya empezó a tener problemas: manifestaciones, pérdida de popularidad…
— No debemos leer superficialmente lo que está ocurriendo. El “bencinazo” cayó sobre una ciudadanía que votó mayoritariamente por Kast impulsada por tres grandes miedos: a la inseguridad, a la migración irregular y a la inflación. El dato más revelador no es que la aprobación de Kast haya caído significativamente en poco más de dos semanas (aunque eso en sí mismo es extraordinario), sino que el 59% de los encuestados considera que el alza era evitable. Eso significa que una parte significativa de sus votantes siente que este gobierno eligió hacerles daño en el bolsillo cuando podría haber elegido no hacerlo. Eso es una fractura en el contrato electoral que no hay que subestimar. ¿Pero es esto el principio del fin? No. Sería un error de la izquierda leer estas primeras encuestas como una derrota de Kast. El gobierno ha calculado correctamente que puede aguantar este chaparrón. No tiene elecciones en 31 meses. Y sabe que si logra mostrar resultados creíbles en seguridad —que es la demanda que más movilizó a su electorado— puede recuperar la popularidad que perdió con el combustible. La pregunta no es si Kast cae ahora. La pregunta es qué construye la izquierda durante estos 31 meses.
— ¿Y la movilización juvenil?
— Es una señal política importante y hay que leerla correctamente. Quiero decir algo que puede incomodar a algunos en mi propio sector, pero los jóvenes no salieron a las calles solo por el precio de la bencina. Lo dijeron con claridad: “Queremos que respeten los derechos sociales que hemos ganado en todos estos años”. Eso es una defensa de conquistas que son pocas pero concretas —salud, educación, pensiones— y que este gobierno amenaza eliminar con su programa de ajuste. Es una respuesta política a una amenaza política. Y eso es legítimo, necesario y valioso. Lo que la izquierda tiene que hacer con esa energía no es instrumentarla sino acompañarla, darle contenido programático, conectarla con la organización política de largo plazo. El error que hemos cometido históricamente es aparecer solo cuando hay movilización y desaparecer cuando mengua. La construcción de poder popular no se hace en los momentos de ebullición: se hace en el trabajo paciente y cotidiano con las organizaciones sociales, sindicales, territoriales y estudiantiles que son las que sostienen la resistencia cuando las cámaras de la TV se van.
— Si no entiendo mal, ¿el balance al día de hoy sería que el gobierno de Kast tiene todavía espaldas para bancarse cambios radicales antipopulares sin correr grandes riesgos?
— Sí. Estamos frente a un gobierno que aplica con coherencia un programa de derecha radical, que tiene los instrumentos institucionales para hacerlo —mayoría relativa en el Congreso, apoyo de los grandes medios, respaldo del empresariado— y que ha calculado correctamente que el costo político de sus decisiones más duras puede ser absorbido ahora y una parte de ellos traspasado al gobierno saliente que es el que entregó el país a la extrema derecha. Creo que la izquierda no debería subestimar la capacidad de Kast de ejecutar su agenda. Cometería un enorme error si no entiende que la respuesta a ese programa no puede ser solo la denuncia, sino la construcción de una alternativa política que recupere el horizonte de transformaciones y construcción del socialismo, que recupere su presencia social y territorial y que hable el idioma de las necesidades concretas de la gente.

