Israel y EEUU proyectan ocupar la Patagonia

«El plan de Israel/EEUU: fomentar el odio entre Chile y Argentina para despojarnos de la Patagonia y el continente blanco» una operación de guerra híbrida busca manipular a las Fuerzas Armadas de ambos países para fomentar una confrontación que solo beneficia a Washington y Tel Aviv

CAPAC – por Nicolás Romero Reeves (*)

Declaraciones militares, ejercicios en Magallanes y una tensión limítrofe fabricada: el tablero geopolítico del sur no es lo que parece. Mientras Chile y Argentina se enredan en una disputa artificial, Estados Unidos e Israel avanzan con bases militares en Ushuaia y compran tierras en la Patagonia. Detrás de la cortina de humo, una operación de guerra híbrida busca manipular a las Fuerzas Armadas de ambos países para fomentar una confrontación que solo beneficia a las potencias extranjeras.

No es la primera vez que potencias extranjeras hacen pelear a países pequeños o medianos para obtener sus propios beneficios. La historia chilena está marcada por ese patrón: la Guerra del Pacífico fue aprovechada por Inglaterra para asegurar el control del salitre, y la guerra civil de 1891 fue una disputa entre capitales británicos y estadounidenses por el dominio de la minería chilena, que terminó con el derrocamiento de Balmaceda. Hoy, el tablero es el mismo, pero los actores y los recursos han cambiado. La estrategia se repite: hacer pelear a chilenos y argentinos para que, distraídos por la tensión fronteriza, no vean cómo las potencias se instalan en el sur.

El conflicto diplomático recientemente desatado entre Chile y Argentina por la soberanía del Estrecho de Magallanes no es un hecho aislado, sino la punta de un iceberg geopolítico profundo. Detrás de las declaraciones del brigadier general Gustavo Javier Valverde, que encendieron alarmas en el gobierno de José Antonio Kast, se esconde una estrategia deliberada de Estados Unidos e Israel para fomentar conflictos limítrofes entre ambos países. El objetivo no es otro que ocultar su propio avance sobre la soberanía patagónica y consolidar una presencia militar que garantice el control de la Antártida.

El presidente argentino Javier Milei ha profundizado una reconfiguración estratégica de la política exterior argentina al consolidar una alianza con Estados Unidos e Israel, cuyos efectos ya se sienten de manera tangible en el sur del país. Lo que inicialmente fue presentado como una serie de acuerdos de cooperación se ha convertido en un proceso de instalación de infraestructura militar extranjera, facilitación de migración e inversión inmobiliaria en zonas sensibles, y cesión territorial encubierta en una de las regiones más estratégicas del hemisferio sur: la Patagonia.

El conflicto diplomático recientemente desatado entre Chile y Argentina por la soberanía del Estrecho de Magallanes no es un hecho aislado, sino la punta de un iceberg geopolítico profundo. Detrás de las declaraciones del brigadier general Gustavo Javier Valverde, que encendieron alarmas en el gobierno de José Antonio Kast, se esconde una estrategia deliberada de Estados Unidos e Israel para fomentar conflictos limítrofes entre ambos países. El objetivo no es otro que ocultar su propio avance sobre la soberanía patagónica y consolidar una presencia militar que garantice el control de la Antártida.

El presidente argentino Javier Milei ha profundizado una reconfiguración estratégica de la política exterior argentina al consolidar una alianza con Estados Unidos e Israel, cuyos efectos ya se sienten de manera tangible en el sur del país. Lo que inicialmente fue presentado como una serie de acuerdos de cooperación se ha convertido en un proceso de instalación de infraestructura militar extranjera, facilitación de migración e inversión inmobiliaria en zonas sensibles, y cesión territorial encubierta en una de las regiones más estratégicas del hemisferio sur: la Patagonia.

Contexto

-En agosto de 2021, Chile presenta una protesta formal ante Argentina por la «Directiva de Política de Defensa Nacional» de ese país, que atribuía controles conjuntos sobre el Estrecho de Magallanes, un documento oficial y no un exabrupto aislado que ya encendía las primeras alarmas en la cancillería chilena.

En abril de 2024, Argentina, durante el gobierno de Javier Milei, concreta la compra de 24 cazas F-16 a Dinamarca por US$ 301,2 millones, marcando el inicio del mayor rearme militar argentino en décadas. Ese mismo mes, el contraalmirante argentino Hernán Montero (jefe de Hidrografía Naval) afirma en un podcast: «La boca de Magallanes es argentina». También en abril, el presidente Javier Milei declara que la instalación de una base militar de EE.UU. en Ushuaia es «el primer paso» para recuperar las Malvinas y que «nos avala el reclamo sobre la Antártida». Además, la Armada argentina instala el «Puesto de Vigilancia y Control de Tránsito Marítimo Hito 1» en la frontera con Chile en la Patagonia, sobrepasando por tres metros el límite con paneles solares en territorio chileno.

-En junio de 2024, tras la polémica por los paneles solares, el presidente Gabriel Boric realiza una gira por Magallanes y la Antártica Chilena y advierte a Argentina: «O lo sacan ellos o lo sacamos nosotros». Argentina inicia el retiro de las estructuras.

-En noviembre de 2024, Javier Milei nombra al brigadier general Gustavo Javier Valverde como jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea Argentina.

-En enero de 2025, el gobierno de Javier Milei y el de EE.UU. avanzan en el proyecto de una base militar estadounidense en Ushuaia.

-En octubre de 2025, se conoce la «Operación Tridente»: la polémica decisión de Milei que permite a soldados de EE.UU. realizar ejercicios militares en tres bases navales argentinas.

-En enero de 2026, un avión militar estadounidense con una delegación de congresistas aterriza sin anuncio previo en Ushuaia, reabriendo la polémica por la base.

-El 14 de abril de 2026, se viralizan las declaraciones del contraalmirante argentino Hernán Montero (jefe de Hidrografía Naval), quien en enero de ese año afirmó en un podcast: «La boca de Magallanes es argentina. La boca que une Cabo Vírgenes con Punta Dúngenes y de ahí hacia el este es argentina». El canciller Francisco Pérez Mackenna califica la polémica como «infundada» y reafirma que «la soberanía de Chile en el Estrecho de Magallanes es indiscutible»

-En julio de 2026, el gobierno de Milei intenta una reforma para liberalizar la venta de tierras a extranjeros (eliminando topes del 15%), pero debe retirar el capítulo por el rechazo de gobernadores y opositores.

-El 23 de agosto de 2026, el brigadier general Gustavo Javier Valverde declara en un podcast: «Magallanes, el sur, el Drake, todo eso es soberanía… hay que hacer presencia porque eso es una llave bioceánica Atlántico Pacífico».

-El 24 de agosto de 2026, el biministro Claudio Alvarado responde: «El Estrecho de Magallanes es indiscutiblemente chileno

Operación de guerra híbrida: el plan para confrontar a las FFAA de Chile y Argentina

Lo que estamos presenciando no es una simple disputa diplomática ni declaraciones aisladas de militares trasandinos. Es una operación de guerra híbrida que combina componentes de guerra psicológica dirigida estratégicamente hacia las Fuerzas Armadas de Argentina y Chile, con un objetivo claro: fomentar un conflicto limítrofe artificial que oculte los verdaderos intereses expansionistas de Estados Unidos e Israel en la Patagonia y la Antártida.

No es la primera vez que potencias extranjeras utilizan este método. La historia está llena de ejemplos donde imperios y potencias económicas hacen pelear a países pequeños o medianos para obtener sus propios beneficios. La Guerra del Pacífico (1879-1883), aunque tuvo sus propias dinámicas regionales, fue aprovechada por Inglaterra para asegurar el control del salitre, el «oro blanco» que movía la economía mundial de entonces. Pero el ejemplo más claro ocurrió después, cuando los capitales británicos, encabezados por el magnate John Thomas North —el «Rey del Salitre» —, vieron amenazados sus intereses por el proyecto nacionalista del presidente José Manuel Balmaceda, quien buscaba industrializar Chile y romper el monopolio extranjero sobre la riqueza salitrera.

Lo que siguió fue una guerra civil en 1891 donde los intereses extranjeros jugaron un rol decisivo: North financió a los congresistas rebeldes, bloqueó la entrega de buques de guerra al gobierno legal, y una flotilla naval británica apoyó militarmente la insurrección en aguas chilenas . Balmaceda fue derrocado, y el control británico sobre el salitre se consolidó. En ese conflicto, además, Estados Unidos tuvo una posición diferente —apoyó a Balmaceda buscando desplazar a Inglaterra en su influencia sobre Chile —, demostrando que la disputa entre potencias por los recursos latinoamericanos ya era un patrón recurrente. EEUU buscaba el predominio hegemónico en la región y vio en Balmaceda un aliado para debilitar a los británicos.

Hoy, el tablero es el mismo, pero los actores y los recursos han cambiado. La estrategia se repite: hacer pelear a chilenos y argentinos para que, distraídos por la tensión fronteriza, no vean cómo las potencias se instalan en el sur.

Hacia el Ejército argentino, la operación se articula en torno al conflicto de Malvinas, ese hervidero permanente de la identidad nacionalista argentina. A los militares trasandinos se les vende la narrativa de que Estados Unidos e Israel —potencias con las que Milei se ha alineado estrechamente— son aliados estratégicos que los apoyarán frente a Inglaterra, a cambio de ceder soberanía en el sur. Pero la trampa es doble: mientras se les promete respaldo en Malvinas, se les impulsa a una posición expansionista hacia el Estrecho de Magallanes y la Patagonia chilena, territorio que los tratados de 1881 y 1984 reconocen como soberanía indiscutible de Chile. El nacionalismo argentino es instrumentalizado para empujar una aventura que solo beneficia a las potencias extranjeras.

Por el lado chileno, el mecanismo es igual de perverso. Se exaltan las históricas tensiones limítrofes con Argentina, aquellas que nos tuvieron al borde de la guerra durante la década de 1980, especialmente por el conflicto del Canal Beagle. Pero el contexto actual es más complejo: el gobierno de José Antonio Kast mantiene una relación tensa con las Fuerzas Armadas chilenas, que se niegan rotundamente a participar en la política de seguridad hemisférica del Escudo de las Américas impulsada por Estados Unidos. Esta resistencia institucional ha sido leída por la derecha más extremista como un obstáculo a su proyecto de alineamiento con Washington y Tel Aviv.

Es en este escenario donde las declaraciones de militares argentinos y los ejercicios militares desplegados en Magallanes adquieren un nuevo significado. No son respuestas espontáneas ni protocolos anuales inofensivos. Son piezas de un tablero diseñado para avivar la relación histórica que la derecha chilena ha mantenido con las Fuerzas Armadas, intentando reflotar un conflicto limítrofe que sirva de cohesión interna. Al mismo tiempo, la tensión fabricada busca desviar la atención ciudadana de lo que realmente está ocurriendo: la progresiva instalación de bases militares extranjeras en Ushuaia, la compra de tierras patagónicas por parte de Israel y la proyección de EE.UU. sobre la Antártida.

La guerra híbrida no se libra con tanques ni misiles, sino con declaraciones, narrativas y operaciones psicológicas. Hoy, el blanco son las Fuerzas Armadas de ambos lados de la Cordillera. Mañana, si no despertamos, la soberanía de la Patagonia y el continente blanco será solo un recuerdo en los libros de historia.

Bases militares extranjeras en suelo patagónico

Durante el último año, el gobierno argentino ha promovido la instalación de dos bases militares extranjeras en territorio patagónico: una en cooperación con Estados Unidos y otra vinculada a Israel. Ambas instalaciones se localizan en zonas próximas a Ushuaia, con acceso directo al Atlántico Sur y a los corredores logísticos antárticos.

La base destinada a Estados Unidos fue anunciada como un centro de operaciones navales con capacidad logística para misiones conjuntas, apoyo a campañas científicas en la Antártida y proyección regional. Incluye muelles, hangares, sistemas de radar y alojamientos permanentes, financiada mediante asistencia militar estadounidense. Altos mandos del Comando Sur han visitado el país en más de una ocasión para revisar los avances de esta instalación, reafirmando el interés estratégico de Estados Unidos en proyectar su presencia en el Atlántico Sur.

 El interés israelí y el despojo encubierto

Paralelamente, se ha avanzado en el desarrollo de una instalación tecnológica y logística con participación israelí, orientada a tareas de monitoreo y seguridad de infraestructura crítica. Este enclave, también ubicado en la Patagonia, estaría conectado con otras instalaciones al norte del país y su diseño técnico sugiere fines duales y componentes de inteligencia y defensa.

El reciente viaje oficial de Javier Milei a Israel ha profundizado aún más la alianza bilateral. Uno de los puntos más sensibles de los acuerdos firmados es el que facilita la inmigración de ciudadanos israelíes a la Argentina y habilita mecanismos preferenciales para la compra de tierras y bienes en zonas rurales. Aunque la legislación argentina establece restricciones a la adquisición de tierras rurales por parte de extranjeros, en la práctica estas limitaciones son fácilmente sorteadas a través de sociedades interpuestas.

La fachada del conflicto limítrofe

En este contexto, las declaraciones del general argentino sobre el Estrecho de Magallanes cobran un nuevo significado. No se trata de una expresión aislada de soberanismo, sino de un mecanismo calculado para tensar las relaciones entre Chile y Argentina. Las potencias extranjeras saben que un conflicto entre vecinos desvía la atención de sus propias operaciones de ocupación y les permite fortalecer sus posiciones estratégicas en la región.

La presencia militar de Estados Unidos en Ushuaia, materializada en el aterrizaje de aviones militares sin anuncio oficial y la visita de delegaciones de congresistas, responde a un plan mayor: garantizar la protección territorial de los intereses estadounidenses en la Antártida. El Tratado Antártico, que establece el uso exclusivamente pacífico del continente blanco y prohíbe expresamente las actividades militares, se ve amenazado por esta militarización indirecta mediante acuerdos bilaterales.

La política de ocupación de Israel en la Patagonia y la presencia militar de Estados Unidos en Ushuaia no son teorías conspirativas, sino hechos documentados que avanzan bajo el manto de la cooperación internacional. El fomento de conflictos limítrofes entre Chile y Argentina es el recurso perfecto para ocultar estas operaciones mientras se fortalecen las posiciones de ocupación sobre la soberanía de ambos países. La reacción del gobierno de Kast y el rechazo transversal de la clase política chilena demuestran que la ciudadanía comienza a despertar ante esta amenaza. Pero el verdadero desafío está en comprender que la disputa por el Estrecho de Magallanes es solo el síntoma de un problema mayor: la progresiva pérdida de soberanía en el Cono Sur frente a los intereses de las potencias extranjeras.

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(*) Nicolás Romero Reeves: Chileno, Abogado de la Universidad de Chile, Magíster en Sociología de la misma casa de estudio y Director de Revista De Frente.

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