Rubio, el ejecutor de la doctrina Monroe
El secretario de Estado es el hombre en que Donald Trump delegó la política del gran garrote para América Latina y dio un indicio cuando publicó en su red social que Rubio podría ser el próximo presidente de Cuba
CAPAC – por Gustavo Veiga en Derribando Muros
El delirio de grandeza del régimen neofascista que gobierna EE.UU llegó demasiado lejos. El secretario de Estado es el hombre en que Donald Trump delegó la política del gran garrote para América Latina y dio un indicio cuando publicó en su red social que Rubio podría ser el próximo presidente de Cuba
En el juego de roles para delimitar áreas de influencia detrás de Donald Trump, al secretario de Estado Marco Rubio le tocó ejecutar la doctrina Monroe en Latinoamérica. Por estilo parece un moderado comparado con el presidente pero no lo es. Todo lo contrario. Rivaliza con otros halcones o altos funcionarios del círculo áulico del magnate, autoridad suprema de EE.UU con pretensiones de gobernar un planeta que se le tornó incontrolable. La caracterización guarda simetría con el destino manifiesto de un país que pasó muchos más años en guerra que en paz en los cuatro siglos que cruzan su historia (1776-2026).
Rubio, cubano-americano, hijo de inmigrantes de la isla caribeña, ex senador de Florida, político determinante en ese estado del sur estadounidense y ex precandidato a presidente republicano que en el pasado rivalizó con Trump, juega de líbero. En la jerga del fútbol aplicada a la política, sería como el defensor de las grandes directrices del imperio global. Aunque tiene libertad para atacar. En lo posible por sorpresa. Eso es lo que está haciendo en el llamado patio trasero, como siempre se percibió desde Estados Unidos a la extensa geografía que va de México a la Argentina en América del Sur.
El secretario de Estado no es lo que aparenta. Un político de espíritu templado, obediente, opacado por un presidente que jamás abandona el centro de la escena. Pese a ser el “número dos” del gobierno republicano, su influencia resulta notoria. Entre bambalinas ya lo llaman “el mariscal de campo” de Trump. El contrapeso de equilibrio del que su jefe carece, a menudo involucrado en batallas dialécticas de alto voltaje con la oposición demócrata de gobernadores, alcaldes, senadores y diputados, además de los periodistas y medios críticos o actores célebres como Robert De Niro que suele despedazarlo en público. En su última aparición en el Festival de Cannes dijo que “no entiende nada de humanidad (…) No tiene empatía. No sé dónde está, qué es, pero es un extraterrestre y quiere hacer daño a este país”.
En apariencia el sueño de Rubio no sería suceder al jefe de Estado en las próximas elecciones por sus expresiones de hace un mes. Declaró que si el actual vicepresidente JD Vance “se presenta a la presidencia, será nuestro candidato y yo seré una de las primeras personas en apoyarlo”, en una entrevista que le dio a la revista Vanity Fair junto a varios miembros del gabinete.
Trump, pese a ciertos cabildeos con una postulación que lo seduce para continuar en la Casa Blanca, tiene prohibido presentarse ya que cumplió dos mandatos alternados. Se lo impide la 22ª Enmienda constitucional. Pero esa es otra historia y queda todavía muy lejos aunque el marketing de las gorras con la inscripción “Trump 2028” promueva esa idea.
Antes de los próximos comicios presidenciales hay otra parada. Las elecciones de medio término de este año donde los republicanos siguen cayendo en las encuestas. Si las pesquisas fueran ciertas, perderían la mayoría en ambas cámaras del Congreso. En perspectiva, un resultado como ése dejaría en una posición muy incómoda a cualquiera de los dos postulantes a suceder a Trump: Rubio o Vance.
Según AP, uno de los políticos más cercanos al secretario de Estado en el Senado, el presidente del Comité de Relaciones Exteriores, James Risch, dijo que la influencia de Rubio impulsó al régimen liderado por Trump a involucrarse con el uso de la fuerza en Venezuela. Lo había insinuado durante meses con sus ataques preventivos contra lanchas civiles en el Caribe y lo ratificó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. Ambas operaciones, hasta ahora, arrojaron el siguiente saldo. Unos 110 asesinatos de presuntos narcos en el mar y un poco menos de militares y civiles venezolanos en tierra. Con el agregado de 32 asesores cubanos que murieron en combate defendiendo instalaciones en Caracas contra el invasor estadounidense.
Líbero al fin, y con una amplia gama de operaciones descubiertas o encubiertas en América Latina, Rubio es descripto en el entorno de Trump como “un jugador de equipo y a todos les encanta trabajar con él en el Ala Oeste” (de la Casa Blanca). Son palabras de la secretaria de prensa del gobierno, Karoline Leavitt, quien lo elogió en su doble función de secretario de Estado o jefe de la diplomacia y asesor nacional en seguridad.
Ahí donde el presidente comete uno de sus exabruptos habituales, Rubio le brinda su auxilio porque hoy no compite con él. Pasaron diez años de aquellas Primarias republicanas de 2016 cuando lo acusaba de levantar “el muro como construyó las Torres Trump, usando mano de obra de inmigrantes ilegales para hacerlo”. La expresión apuntaba a la hipocresía del actual presidente, de quien decía cosas peores: En un acto de campaña en Dallas, Texas y ante miles de personas lo tildó de “estafador profesional”. El magnate le devolvía sus gentilezas llamándolo “Little Marco” (Pequeño Marco) por su baja estatura. Le hacía bullying.
Ese es el funcionario que hoy maneja la política exterior de Estados Unidos, un calculador que tenía dos países a intervenir en su agenda de América Latina: Venezuela, donde los resultados están a la vista después del 3 de enero y con futuro todavía abierto. El otro es Cuba, la isla bloqueada por más de sesenta años y para la que se reserva toda la energía desestabilizadora en los futuros pasos que dé el gobierno de extrema derecha. “Si estuviera en La Habana, estaría preocupado” declaró. Sus padres llegaron desde la isla en 1956 antes de la Revolución liderada por Fidel Castro y Rubio se crio en Miami, la capital de todas las conspiraciones posibles en América Latina. En ese ambiente propicio, madriguera de terroristas y golpistas a cara descubierta, el secretario de Estado juega de local.
Su biógrafo, el periodista de The Washington Post Manuel Roig-Franzia y autor del libro The Rise of Marco Rubio (El ascenso de Marco Rubio) define que su futuro está ligado a un solo objetivo: “Él va de la mano de Trump para llegar a otro lugar, el lugar donde está sentado Donald Trump, que es la Casa Blanca”.

